Voy solín pero voy contento porque siempre que toqué en la Sobarriba me recibieron como a uno de casa. Además, y aparte de esa cosa romántica que tiene la soledad, hay algo especial en ese espacio emocional que es la Sobarriba y que va mas allá de su física geografía. Para mi era, a lo primero, el lugar que tras el rio gordo, el Porma, nos defendía de la capital. Cruzar el monte, pasar el rio Porma, y mas allá de la carretera principal se extendía esa tierra ignota para mi en aquel momento. Nunca llegué con la bici, y he de decir que no eran raros otros destinos mas lejanos como, ¡yo que se!, por ejemplo Lugan, la Ercina, o incluso Prioro. Huíamos de las carreteras porque siempre nos habían dicho que los coches eran peligrosos…en aquellos tiempos era así, el monte no era peligroso, solo nos decían que tuvieramos cuidado, pero ¡los coches!!!, ¡Ay mamina! los coches eran temidos… se les tenia mas miedo que a una nube, y por eso la carretera era una raya que rara vez atravesábamos, y en tal caso, era eso, un atravesarla y salir de ella cuanto antes. Nuestro lugar era el monte. Conocíamos los caminos y las fuentes, las lagunas y los arboles, cada piedra un poco mayor de lo normal, y los abeseos en el verano, o las vallejas resguardadas para el invierno. Tampoco es que fuera raro, pues era lo que había: monte. Por eso, yo tardé en conocer la Sobarriba casi tanto como tardé en conocer Cabreira. Pero algún tiempo después se convirtió para mi en un lugar de peregrinación cada vez que, ya desde mi casa en León, se barruntaba la truena en aquella dirección. Y es que parecía que se caían trozos del cielo entre las nubes negras. Venían preñadas de un agua que se escapaba por los rotos, con jirones de una luz diferente a la de Babia pero también muy poderosa. Está tan alta la Sobarriba que se depositaban suavemente sobre el terreno, y por eso, porque era hermoso como pocas cosas, yo me adentraba a sus tierras entre los rayos con mi coche, para quitar ese miedo atávico de mi casa a las tormentas y ver por entre las brechas de las nubes como se derramaba algún trozo del paraiso. Uno de esos lugares era Villafeliz, como un nombre del destino, y por eso tocar allí me presta por partida doble, en las Highlands, que así lo llamaba yo, y que es como de hecho se llama: La Sobarriba. Así que, y ya resolviendo esta terrible homilía, allí me iré yo a tocar este próximo sábado 19 de julio, a eso de las 21:00 horas, y habrá mas cosas, he oído pendones, y algo de zuzaina, una lectura de los decreta…y bollos preñaos, ya se sabe que algo de manduca es lo que se estila en estas fiestas. Será al aire libre, y esperemos que sea otro el día en el que disfrutar de esas tormentas de las que os estaba hablando.