Recuerdo muy bien aquellas ruinas. Recuerdo cómo se amecían de tal manera con el terreno y la vegetación que ya no se sabía qué era tierra y qué iglesia, dónde comenzaba la ruina y dónde terminaba el escollo, en un amasijo de piedras y madera, sumergidos en una brava nube de zarzas y espinos que invadía todo, y lo cubría de un dulce abandono como pocas veces he visto. Las portonas de entrada eran labradas y estaban resguardadas por los restos de una especie de antiguo atrio. Sus goznes oxidados la mantenían aparentemente trancada para un niño como yo pero su deterioro era tal, que se había entornado ligeramente una de sus hojas dejando una rendija lo suficientemente grande para que un guaje pudiera pasar, y lo suficientemente pequeña como para pasar inadvertida ante un adulto. Dentro, el techo estaba hecho jirones, con trozos de madera que llegaban casi al suelo y al levantar la mirada se veía mucho más cielo que artesonado. Era una pura amenaza. Más allá, a la derecha, abangada por los años, una vieja viga de chopo sujetaba el coro como al borde del colapso, y en frente, el altar, con algo más de fortuna, apenas parecía haber resistido el paso del tiempo.
-¡Oye!, ¿qué andáis ahí? ¡Venga pa casa! ¿Cómo hay que deciros que no vos ariméis ahí home, que está eso muy mal? ¡Cualquier día se cae!, estos guajes no hacen caso a nadie -¡Oiste!, No des guerra que vas pa entre los ríos con las vacas, deja ya de enredar-
La llamaban la iglesia vieja, que había sido de Santo Tirso creo, y estaba situada bien al final del pueblo, en el barrio de arriba, pegado al monte, sobre la cuesta que ya apuntaba hacia lo que llamaban la Cruz, un poco antes de las Barreras, un poco en alto. Para subir a ella, había una calea hecha a fuerza de pasar la gente, flanqueada por unas acacias que prometían buena sombra en verano, pero a pesar de la poderosa belleza del lugar era un reburdio continuo el run run de los vecinos sobre el estado de la ruina. Que era peligroso decían, que cualquier día se llevaría a alguien. Sin embargo, a pesar de su devastado aspecto, aún conservaba esa extraña condición de solemnidad que tienen los lugares sagrados, y conmovía su presencia como conmovía la sublime negrilla que tenía por compañera. Un arbolón majestuoso que, entre dos de sus raíces, poseía también una rendija por la que penetrar en su interior. Este era sin lugar a dudas nuestro verdadero templo.
Os he contado que el abandono estaba en la iglesia, pero no es verdad, el abandono se había instalado en todo el barrio, estaba desparramado por todas partes, con una maravillosa dulcedumbre que invadía el corazón.
Un buen día, sin que yo pudiera dar cuenta, apareció por allí una máquina e hizo de aquella calea pindia una suerte de camino algo más lustroso, poco, y de aquel desgarro, en el ribazo dió en aparecer lo más misterioso y arcano que puede conocer un niño, los restos de un camposanto, osamentas y calaveras de decenas de hombres que habían sido enterrados en derredor de la ilesia. Los adultos evitaban transitarla, y si alguna que vez se veían obligados, aceleraban extrañamente la marcha a su paso. No así los niños, que fascinados por el suceso nos afanábamos en la labor de sacar un cráneo completo, de contar las muelas en las mandíbulas o de poner nombres a los que allí yacían. Ni los esfamiaos perros lo querían cuando intentábamos darles, para ronchar, alguno de los restos. La muerte caminaba por aquellos páramos como un miembro más de la tribu.
El pueblo era a menudo asolado por fuertes tempestades que muchos veían como un castigo de dios. Era algo atávico aquel miedo a las tormentas que parecía venir de muy antiguo, y al que las viejas conjuraban murmurando jaculatorias en un extraño trance, mujeres cuya religiosidad estaba atravesada por lo ancestral y lo pagano. Recuerdo ahora a una de ellas, pequeña y encorvada, que subía todas las tardes hacia el monte con la excusa de apañar pa los conejos, pero, ¡tantas horas ella sola en la espesura! me hacía sospechar que algo más tenía que ir a hacer allí…
En este lugar crecí yo, pensando que era un sitio como otro cualquiera, pero hoy, que es solo un lugar en la memoria, reconozco en él a un Macondo, o más bien una Comala, pues de insólito y extraordinario tenía más de lo que tienen la mayoría de lugares imaginados. No lo sabía entonces, pero lo sé ahora. En aquellas márgenes del mundo no existía la extrañeza como la conozco hoy, si no que su diaria monotonía tomaba forma en una sucesión invariable de extraordinarios prodigios.
Había, por ejemplo, un hombre que conducía un 4 latas tirado por un burro. Otro, al que se le consideraba el más viejo del lugar a pesar de que no se sabía con certeza su verdadera edad, pero que los cálculos de los vecinos llevaban más allá de los 120, y al que podríamos considerar hoy un fantasma, pues se le creía sordo y se terminó por sospechar que estaba disecado. Un caño, que llamaban de los modorros, del que manaba un agua que parecía afectar a la conducta de los que allí abrevaban, hombres o bestias. Un cementerio neolítico donde uno de los paisanos del pueblo plantaba las berzas y las patatas. O la mano incorrupta de un niño que apareció entre los muros de la iglesia vieja cuando por fin se decidieron a arreglarla…
Han pasado muchos años de aquello, y hoy vuelvo por vez primera, (y esto es otra historia), a tocar entre sus muros… yo, que con tanta facilidad soy imbuido por los recuerdos que me construyen y por lo que trashuma de los lugares y las personas, por esta circunstancia creo que será un concierto diferente… quizás mejor… quizás peor… en cualquier caso diferente. Para los que tengáis interés en ello, os digo que será este próximo sábado 22 en la iglesia vieja de Villahibiera, a las 20:00 horas.